miércoles, 30 de junio de 2010

Junio

El calor misericordioso de este verano, que no es verano, se cuela sin permiso por las rendijas de mi cuarto.
Suenan acordes para acústica, en la lejanía de mis altavoces. Dejo caer los párpados y, una vez más, julio llama a las puertas de mi memoria. Como un nuevo mes, en son de paz. Caminante de mis días, en esos en los que hago poca cosa; silencioso, preciso, obediente: indoloro.

Julio llega y me susurra que no hará nada que me haga llorar, que tomará todo lo que esté en sus manos y lo empleará en pos de mi paz interior.
Y es que julio, en aquellos años de sonrisas bajo las finas sábanas, historias contadas frente al ventilador, palos de helado reducidos hasta lo insospechado; solía ser impredecible.

Y a la par que él se reforma, nosotros cambiamos. El tiempo trota, los días se comen unos a otros, los pasos se aligeran y los vasos de agua parecen menguar en tamaño y contenido.

Y junio se me acerca, a pasos indecisos, y alza su cabeza, en modo de una despedida que se escapa y ninguno sabemos pronunciar. Entonces él va muriendo hasta próximo aviso, y los recuerdos de este mes se guardan a trompicones en el rincón de mi memoria. Exámenes, estrés, manos que duelen de tanto escribir; una serie vista, a las últimas, con prisas. Maratones nocturnos y madrugones lexicales. Helados que no acabo, bolígrafos que mueren, meteorología incontrolada. Tchaikovsky, de fondo.
Y, ahora, silencio. Peldaños que se suben con lentitud, aunque de dos en dos, de tres en tres. Botellas que se acaban, el sonido de una Canon al disparar, el abandono de una calculadora al polvo de mi cuarto, la sonrisa de Michael Emerson de fondo de escritorio.

Junio, te amo.

1 comentarios:

Meencantaquehagafrio dijo...

Pero no mas que yo a ti... :)