jueves, 25 de febrero de 2010

Satie.



Suena Satie, y con él lo hacen retazos de frases que jamás acabaste.
Las yemas de mis dedos resbalan con parsimonia por las teclas inmaculadas y sé que, con tan sólo una leve presión, una dulce nota se escapará de las entrañas de aquel piano.

Suena Satie, cerca, pero parece que yo no esté allí con él para escucharle.

Satie me susurra,
pero yo no soy capaz de escucharle.
Sólo le oigo.
En la lejanía de los centímetros que me separan de su obra.

Satie me grita,
pero la ira, desde pequeña, siempre me ha anulado.

Yo no escucho
y Satie me llora,
en una melodía trágica,
lenta y dolorosa,
lenta y triste,
lenta y grave.
Satie se compadece, en las últimas,
y me pregunta:
"¿Por qué lloras?"
Pero es que es exceso de dolor atrofia el habla.

Así que callo.
Sí.
Callo.

1 comentarios:

Antonio dijo...

Es mi favorita.

Tú, tú no juntas unas cuantas palabras, no, tú haces que la boca se me derrita cuando leo cualquiera de tus líneas.

(Hoy me ha quedado mejor la cosa).