lunes, 12 de octubre de 2009

Terapia para la oscuridad

Rondarían las doce. Esa noche olía a ti y, más allá de la ventana, apenas podían verse las estrellas (así es, por desgracia, el cielo nocturno de una ciudad)
No había ni un resquicio del fantasma de aquel incienso de vainilla que yacía sobre la mesita de madera, enfundado junto al mechero, sin ser utilizado.

Tampoco sentí la necesidad de hacerlo.

Sonaba una tenue melodía (sí, Mogwai) cómo no.
Al principio nos limitamos a mirar por la ventana, a oscuras; aunque conforme avanzaba Black Spider la tensión podía hasta acariciarse.
Tú sonreíste, lo sé. No podía verte con toda claridad, pero sabía que estabas justo a mi lado. Y sonreías.
-Así suena tu blog.
Agaché la cabeza. Era gratificante que alguien como tú recordase algo como aquello.

Poco después le tocó el turno a Half time y, para entonces, ya estábamos abrazados.
Minutos antes tú me habías susurrado: '¿Podrías apoyar tu cabeza en mi hombro?' y yo, con falsa despreocupación, había accedido a hacerlo quitándole importancia al tema aunque estuviese muerta de la vergüenza.

Rodeaste mi cuerpo con tu brazo izquierdo y agaché mi cabeza. Creo que no me había sentido tan agusto desde hacía siglos. Tu cuerpo era cálido (muy cálido) y, tus manos, grandes. Agarré tu dedo corazón con timidez y tú reíste en voz bajita. Muy bajita.

Rondarían las dos de la madrugada.

7:25 y tu mano acariciaba mi cadera: ésa mano que habías reposado en mi cintura minutos atrás. Recuerdo que estábamos muy cerca y yo te miré a los ojos. Para mi sorpresa tú también lo hiciste. Escondí mi cara en tu hombro, cerca de tu cuello. Tú suspirabas.

Fuera no se podía oír nada.

De vez en cuando girábamos las sillas donde estábamos sentados y nos abrazábamos con fuerza. Sólo volvía a mi posición cuando veía que me iba resbalando (aunque en realidad no quería hacerlo)

Estábamos hablando.
Bajito.
Acaricié mi clavícula y, dándole unos golpecitos, te mostré cuán hueco sonaba. Reíste. Poco después me tomé la molestia de hacer sonar la tuya. Me gustó y sonreí. Creo que hiciste lo mismo.


Terrific Speech y tenía mi cabeza sobre tu pecho. Te dije en voz bajita que podía escuchar tu corazón. Me preguntaste que cómo sonaba. Te contesté que rápido.
Estuviste en silencio unos segundos y me preguntaste: '¿Y el tuyo?'
Yo sonreí y, tomando tu cabeza, la llevé a mi pecho. Te removiste.
-Ahora lo oigo.
Silencio.
Me preguntaste que cómo sonaba el mío, puesto que no tenías ni idea de cómo funcionaba el mismo en mi pecho día tras día. Lo intenté palmar. Tardé unos minutos.
-Rápido- te contesté.
-¿Y por qué suena rápido?- sonreíste.









Ahora ya no estás y, aunque esta noche la almohada olía a ti, han quitado las sábanas y el fantasma que dejaste tras tu marcha se ha desvanecido.
Te echo de menos y, de vez en cuando, viene a mi memoria el recuerdo de esa noche en la que estuvimos abrazados de las doce hasta las cuatro y pico de la madrugada del día de mi cumpleaños.
Cuando esa mañana te miré a los ojos no pude percibir la reminiscencia de ese momento. Puede que fuese sólo un sueño.
























-¿Has seguido escribiendo en tu blog Esas cosas felices que siempre me callo?
-Sí...
-A-ah, pues no las he leído.
-... en mi mente.

Sonreíste.

-Pues a ver cuándo continúas.
-Pronto lo haré. No te preocupes.











Pronto lo haré.

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