miércoles, 22 de abril de 2009

Al viento.

No recordaba lo mucho que me gustaba montar en bicicleta hasta que hoy mismo la he sacado a que le diese el aire. La limpié anoche cuidadosamente y le hinché las ruedas con emoción ya que, al día siguiente (hoy) iba a sacarla a que diese un largo paseo.

Tanto a la ida como a la vuelta de la biblioteca mi cuerpo permanecía en calma, sin rigidez, olvidándose de que hacía mucho que no tomaba un manillar y pedaleaba entre los transeúntes. Ha sido una de las mejores experiencias que he tenido desde hace mucho.

Cuando regresaba, por un momento (mientras mi pelo suelto bailaba con el aire que removía la velocidad) me entraron unas ganas irremediables de llorar. Supongo que últimamente he tenido demasiadas cosas en la mente...
A veces creo tener la suerte de poder encontrarme en paz conmigo misma ante la soledad. Los pequeños detalles que he vivido hoy tales como estudiar entre una masa de gente desconocida, buscar entre las estanterías un libro que llevarme conmigo a casa (con el préstamo que me ofrece el carné) y, poco después, bajar por las escaleras y ver mi bicicleta anudada con el candado a una farola oculta en la sombra. No he podido evitar sonreir, lo digo de todo corazón.

Puede que sea algo extraña al pasar de encontrarme en paz a sentir mis brazos temblar de tristeza mientras sujetaban el manillar de mi bici roja. Los ojos se me humedecieron por aquel entonces y tuve que controlar las lágrimas (si no quería que mi visión se nublase y acabara estrellada contra algún muro cercano) las cuales insistían en seguir aferradas a mi iris. Al final lo conseguí y, tras ese pequeño desahogo que no llegó a consumarse, mi cuerpo volvió a la tranquilidad, mi respiración dejó de sonar ajetreada y se regularizó, mis pulsaciones bajaron y se situaron donde antes del sofoco habían permanecido.



Conclusión de la mañana. La soledad es inminente y no podemos apartar nuestra vista de ella. Si todo fuese tan fácil como ignorarla ninguno de nosotros padecería, ¿no creéis? De todos modos sigo creyendo en el inocente daño que puede hacernos la misma. Todo es acostumbrarse.
Pero (y aquí nace mi conflicto) ¿a quién hace más daño la soledad?: ¿a quien la vive y anhela que cualquiera de las personas que le rodean le eche un cable o a quien sabe que la está sufriendo y busca a alguien en concreto que le acompañe?

Lo dejo ahí y, si queréis, pensad en ello (aunque no sé si hay alguien que me lea, sinceramente xD)
¿En cuál de las dos situaciones estáis vosotros?

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